Formar en derechos humanos: el desafío de enseñar ciudadanía en contextos complejos

En un escenario atravesado por transformaciones sociales, tensiones en la convivencia y nuevas formas de interacción digital, la formación en derechos humanos comienza a adquirir un lugar distinto en las agendas institucionales.

Lejos de limitarse a la transmisión de contenidos normativos, estas propuestas buscan generar procesos de reflexión capaces de impactar en las prácticas cotidianas. Ese fue el punto de partida del curso “Democracia y Derechos Humanos”, desarrollado por la Subsecretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia de Chile en conjunto con eh! ideas.

El curso no surgió como una simple adaptación de contenidos existentes a un formato digital. Fue el resultado de un trabajo conjunto entre equipos técnicos y especialistas en derechos humanos, que implicó una serie de definiciones conceptuales, pedagógicas y metodológicas.

El proceso incluyó la delimitación de ejes temáticos —democracia, Estado de Derecho, ciudadanía y convivencia digital—, así como la traducción de contenidos jurídicos y teóricos a formatos accesibles. También contempló el diseño de narrativa, la producción de piezas audiovisuales, el desarrollo de recursos interactivos y la construcción de una experiencia e-learning coherente.

A lo largo de la producción, se llevaron adelante instancias de validación y ajuste entre el equipo de la Subsecretaría y el equipo de eh! ideas, con el objetivo de lograr un equilibrio entre rigurosidad conceptual y claridad pedagógica.

El proyecto estuvo liderado por Dhayana Guzmán Gutiérrez, socióloga y jefa del Departamento de Educación en Derechos Humanos de la Subsecretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia de Chile.

Con casi dos décadas de trayectoria en el sector público —incluyendo su paso por el Instituto Nacional de Derechos Humanos—, Guzmán aporta una perspectiva construida desde la investigación y la gestión.

“En el servicio público hay brechas que no tienen que ver solo con el conocimiento, sino con la formación y la conciencia sobre el rol que se ocupa”, señala Guzmán .

Desde esa mirada, el proyecto se propuso abordar no solo el qué enseñar, sino también el para qué y el cómo.

Uno de los principales hallazgos del proceso fue identificar que muchas instancias formativas parten de supuestos que no siempre se verifican en la práctica.

“Nos dimos cuenta de que nuestros cursos asumían que las personas comprendían conceptos como democracia, Estado de Derecho o ciudadanía”, explica Guzmán .

Sin embargo, esos conocimientos no están necesariamente consolidados, especialmente en generaciones más jóvenes, atravesadas por cambios en la educación cívica y por un contexto donde estos conceptos son objeto de cuestionamiento.

Frente a ese diagnóstico, el curso buscó construir una base común, antes que avanzar en niveles de especialización.

El enfoque adoptado pone en tensión una mirada tradicional de la formación, centrada en el cumplimiento de normativas.

“No basta con cumplir normas. También hay marcos éticos que deben guiar cómo nos relacionamos con la ciudadanía”, afirma Guzmán .

En ese sentido, el curso propone un cambio de perspectiva: dejar de pensar al otro como usuario o cliente, para reconocerlo como sujeto de derechos.

El impacto de este tipo de formación no se limita a la atención hacia la ciudadanía, sino que involucra también las dinámicas internas de las organizaciones.

“Un equipo que no se respeta difícilmente va a poder atender bien a la ciudadanía”, sostiene Guzmán .

La propuesta, entonces, no solo apunta a desarrollar habilidades técnicas, sino a revisar prácticas, vínculos y estilos de liderazgo.

“Las jefaturas son clave. El aprendizaje también ocurre por modelaje”, agrega.

La incorporación de estos contenidos no está exenta de tensiones.

“Muchas resistencias tienen que ver con experiencias personales o con una sensación de desprotección”, explica Guzmán.

En ese marco, el abordaje pedagógico requiere una dimensión que excede lo técnico.

“Antes de enseñar, muchas veces hay que partir por la empatía”, señala.

El curso incorpora un eje específico vinculado a la convivencia en entornos digitales, un ámbito donde los marcos tradicionales resultan insuficientes.

“Pareciera que en lo digital las reglas de convivencia no rigen”, advierte Guzmán .
“Hay un ‘yo digital’ que a veces está disociado del yo presencial”, agrega.

Estas transformaciones plantean la necesidad de repensar el ejercicio de los derechos en contextos donde la interacción está mediada por plataformas y algoritmos.

En línea con esta perspectiva, el curso incorpora criterios de accesibilidad desde su concepción.

La presencia de intérprete en lengua de señas, subtítulos y recursos de apoyo responde tanto a exigencias normativas como a una decisión pedagógica: garantizar que los contenidos sean accesibles para distintos públicos.

Uno de los principales desafíos de este tipo de propuestas es evitar que el aprendizaje quede en el plano declarativo.

“Los aprendizajes forzados no generan cambios, solo discursos aprendidos”, afirma Guzmán .

Por eso, el foco no está puesto únicamente en la transmisión de contenidos, sino en la generación de procesos de reflexión que puedan traducirse en prácticas.

Más allá de los resultados del curso, el proyecto deja planteada una pregunta de fondo:

¿cómo se construyen hoy formas de convivencia en contextos cada vez más complejos?

Para Guzmán, la respuesta no es cerrada.

“Queremos aportar a que vivir en sociedad vuelva a hacer sentido”, concluye .

En ese marco, la formación en derechos humanos aparece no como un complemento, sino como una herramienta clave para sostener lo común.

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